La coparentalidad empieza cuando dos progenitores entienden que, aunque su relación haya cambiado o sea difícil, siguen compartiendo una responsabilidad: cuidar, criar y educar a sus hij@s.
No significa llevarse bien ni estar de acuerdo en todo. Significa poner las necesidades de los menores por delante del conflicto de los adultos.
Cuando hay dolor, enfado o miedo, es fácil reaccionar desde la herida. Antes de responder, podemos detenernos un momento y preguntarnos:
¿Estoy reaccionando desde cómo me siento ahora o desde lo que necesitan mis hijos?
No se trata de negar lo que duele. Se trata de reconocer lo que sentimos para que no sea ese dolor quien dirija nuestras decisiones.
Tus hij@s no necesitan perfección. Necesitan adultos capaces de sostener sus emociones sin ponerlas sobre sus hombros, adultos que les den estabilidad.
A veces, coparentar no implica tener una relación fácil. A veces significa limitar la comunicación a lo importante, establecer acuerdos por escrito y compromoterse a cumplirlos.
No puedes decidir cómo actuará el otro progenitor, pero sí cómo respondes, qué límites sostienes y qué lugar das a las necesidades de tus hij@s.
Ahí empieza tu responsabilidad.
Y tu capacidad de protegerles de tensiones que no les corresponden.
El mayor logro será demostrar que el bienestar infantil tras una separación conflictiva no es una utopía, sino un derecho real y exigible, alcanzable cuando madres, padres, educadores, profesionales y la sociedad unen fuerzas en una acción coordinada, transparente y comprometida.
La verdadera transformación ocurre cuando dejamos de pelear con la punta del iceberg y empezamos a trabajar en lo que hay debajo.
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